ESPÍRITU DE AMOR

ESPÍRITU DE AMOR

DULCE ESPÍRITU DEL ALMA

DULCE ESPÍRITU DEL ALMA

DON DE SABIDURÍA

DON DE SABIDURÍA

DON DE ENTENDIMIENTO

DON DE ENTENDIMIENTO

DON DE TEMOR

DON DE TEMOR

martes, 22 de abril de 2008

ORACIÓN AL ESPÍRITU SANTO








Espíritu Santo, Tercera Persona de la Santísima Trinidad, Espíritu de Verdad, amor y santidad, que procedes del Padre y del Hijo y en todo son iguales, te adoro y te amo con todo mi corazón.


Espíritu Santo muy querido, confiando en el hondo y personal amor que me tienes, hago esta novena para pedirte, si así es tu voluntad, me concedas esta gracia en particular (Mencione el favor que desea).

Enséñame, Espíritu Divino, a conocer y buscar mi último fin; dame Santo temor de Dios, verdadera contrición y paciencia. No me dejes caer en pecado. Aumenta mi fe, esperanza y caridad y has florecer en mi alma las virtudes propias de mi estado de vida.
Hazme fiel discípulo de Jesús y obediente hijo de la Iglesia.

Dame gracia eficaz con que pueda cumplir los Mandamientos y recibir dignamente los Sacramentos. Dame las cuatro virtudes cardinales, tus siete dones y los doce frutos. Llévame a perfección en el estado de vida al cual me has llamado y después de una muerte dichosa concédeme la vida eterna. Te lo pido por Cristo nuestro Señor.


lunes, 24 de marzo de 2008

VUELVE AL BUEN CAMINO AL EXTRAVIADO


INVOCACIÓN AL ESPÍRITU SANTO



Ven a nuestras almas
¡ Oh Espíritu SANTO!
y del cielo envía
de tu luz un rayo.



Ven, padre de pobres,
ven, de dones franco,
ven, de corazones
lucido reparo.



Ven, consolador,
dulce y soberano,
huésped de las almas,
suave regalo.



En los contratiempos
descanso al trabajo,
templanza en lo ardiente
consuelo en el llanto.



Santísima luz de
todo cristiano,
lo intimo del pecho,
llena de amor casto.



En el hombre nada
se halla sin tu amparo,
y nada haber puede
sin Ti, puro y santo.



Con tus aguas puras
lava lo manchado,
riega lo que es seco
pon lo enfermo sano.



Al corazón duro
doblegue tu mano,
y ablande las almas
que manchó el pecado.



Vuelve al buen camino
al extraviado,
y al helado enciende
en tu fuego santo.



Concede a tus fieles
en Ti confiados
de tus altos dones
sacro setenario.



Aumento en virtudes
haz que merezcamos,
del eterno gozo
el feliz descanso.


Amén.

domingo, 17 de febrero de 2008

S.S. Juan Pablo II, El Espíritu Santo, principio de santificación



El Espíritu Santo, principio de santificación
Catequesis de S.S. Juan Pablo II en la audiencia general de los miércoles

1. El gesto de Jesús, que en la tarde de Pascua «sopló» sobre los Apóstoles comunicándoles el Espíritu Santo (cf. Jn 20, 21-22) evoca la creación del hombre, descrita por el Génesis como la comunicación de un «aliento de vida» (Gn 2, 7). El Espíritu Santo es como el «soplo» del Resucitado, que infunde la nueva vida a la Iglesia, representada por los primeros discípulos. El signo más evidente de esta vida nueva es el poder de perdonar los pecados. En efecto, Jesús dice: «Recibid el Espíritu Santo. A quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos» (Jn 20, 22-23). Donde se derrama «el Espíritu de santificación» (Rm 1, 4), queda destruido lo que se opone a la santidad, es decir, el pecado. El Espíritu Santo, según las palabras de Cristo, es quien «convencerá al mundo en lo referente al pecado» (Jn, 16, 8).

El hace tomar conciencia del pecado, pero, al mismo tiempo, es él mismo quien perdona los pecados. A este propósito santo Tomás afirma: «Dado que el Espíritu Santo funda nuestra amistad con Dios, es normal que por medio de él Dios nos perdone los pecados» (Contra gentiles, 4, 21, 11).

2. El Espíritu del Señor no sólo destruye el pecado, también realiza una santificación y divinización del hombre. Dios nos «ha escogido —dice san Pablo— desde el principio para la salvación mediante la acción santificadora del Espíritu y la fe en la verdad» (2 Ts 2, 13).


Veamos más de cerca en qué consiste esta «santificación-divinización».

El Espíritu Santo es «Persona-amor. Es Persona-don» (Dominum et vivificantem, 10). Este amor donado por el Padre, acogido y correspondido por el Hijo, se comunica al hombre redimido, que se convierte así en «hombre nuevo» (Ef 4, 24), en «nueva creación» (Ga 6, 15). Los cristianos no sólo somos purificados del pecado; también somos regenerados y santificados. Recibimos una nueva vida, pues somos hechos «partícipes de la naturaleza divina» (2 P 1, 4): somos «llamados hijos de Dios y ¡lo somos!» (1 Jn 3, 1). Se trata de la vida de la gracia: el don gratuito con que Dios nos hace partícipes de su vida trinitaria.

No se debe separar a las tres Personas divinas en su relación con los bautizados, puesto que cada una obra siempre en comunión con las otras, tampoco se las debe confundir, ya que cada Persona se comunica en cuanto Persona.

En la reflexión sobre la gracia es importante evitar concebirla como una «cosa». Es «ante todo y principalmente el don del Espíritu que nos justifica y nos santifica» (Catecismo de la Iglesia católica, n. 2.003). Es el don del Espíritu Santo que nos asemeja al Hijo y nos pone en relación filial con el Padre: en el único Espíritu, por Cristo, tenemos acceso al Padre (cf. Ef 2, 18).

3. La presencia del Espíritu Santo obra una transformación que influye verdadera e íntimamente en el hombre: es la gracia santificante o deificante, que eleva nuestro ser y nuestro obrar, capacitándonos para vivir en relación con la santísima Trinidad. Esto sucede a través de las virtudes teologales de la fe, la esperanza y la caridad, «que adaptan las facultades del hombre a la participación de la naturaleza divina» (Catecismo de la Iglesia católica, n. 1.812). Así, con la fe, el creyente considera a Dios, a sus hermanos y la historia no simplemente según la perspectiva de la razón, sino desde el punto de vista de la revelación divina. Con la esperanza, el hombre contempla el futuro con certeza confiada y activa, esperando contra toda esperanza (cf. Rm 4, 18), con la mirada fija en la meta de la bienaventuranza eterna y de la realización plena del reino de Dios. Con la caridad, el discípulo se esfuerza por amar a Dios con todo su corazón y a los demás como el Señor Jesús nos amó, es decir, hasta la entrega total de sí.

4. La santificación del creyente se realiza siempre mediante la incorporación en la Iglesia. «La vida de cada uno de los hijos de Dios está ligada de una manera admirable, en Cristo y por Cristo, con la vida de todos los otros hermanos cristianos, en la unidad sobrenatural del Cuerpo místico de Cristo, como en una persona mística» (Pablo VI, Indulgentiarum doctrina, 5).

Este es el misterio de la comunión de los santos. Un vínculo de caridad une a todos los «santos», tanto a los que ya han llegado a la patria celestial o están purificándose en el Purgatorio, como a los que aún son peregrinos en la tierra. Entre ellos existe también un abundante intercambio de bienes, de forma que la santidad de uno beneficia a todos los demás. Santo Tomás afirma: «El que vive en la caridad participa en todo el bien que se hace en el mundo» (In Symb. Apost.), y también: «El acto de uno se realiza mediante la caridad de otro, la caridad por la cual todos somos una sola cosa en Cristo» (In IV Sent. d. 20, a.2; q.3 ad 1).


5. El Concilio recordó que «todos los cristianos de cualquier estado o condición, están llamados a la plenitud de la vida cristiana y a la perfección de la caridad» (Lumen gentium, 40). Concretamente, el camino que debe seguir cada fiel para llegar a ser santo es la fidelidad a la voluntad de Dios, tal como nos la expresan su Palabra los mandamientos y las inspiraciones del Espíritu Santo. Al igual que para María y para todos los santos, también para nosotros la perfección de la caridad consiste en el abandono confiado, a ejemplo de Jesús, en las manos del Padre. Una vez más, esto es posible gracias al Espíritu Santo, que incluso en los momentos más difíciles nos hace repetir con Jesús: «¡He aquí que vengo a hacer tu voluntad!» (cf. Hb 10,7).

6. Esta santidad se refleja de una forma propia en la vida religiosa, donde la consagración bautismal se vive en el compromiso de un seguimiento radical del Señor mediante los consejos evangélicos de castidad, pobreza y obediencia. «Como toda la existencia cristiana, la llamada a la vida consagrada está también en íntima relación con la obra del Espíritu Santo. Es él quien, a lo largo de los milenios, acerca siempre nuevas personas a percibir el atractivo de una opción tan comprometida (...). Es el Espíritu quien suscita el deseo de una respuesta plena; es él quien guía el crecimiento de tal deseo llevando a su madurez la respuesta positiva y sosteniendo después su fiel realización; es él quien forma y plasma el ánimo de los llamados, configurándolos a Cristo casto, pobre y obediente, y moviéndolos a acoger como propia su misión» (Vita consecrata, 19).

El martirio, supremo testimonio dado al Señor Jesús con la sangre, es expresión eminente de santidad, hecha posible por la fuerza del Espíritu Santo. Pero el compromiso cristiano, vivido día tras día en las diferentes condiciones de vida con una fidelidad radical al mandamiento del amor, es ya una forma significativa y fecunda de testimonio.

domingo, 13 de enero de 2008

EL ESPÍRITU SANTO DESCENDIÓ SOBRE EL.


Los cielos se abrieron y el Espíritu de Dios descendió sobre El.
Mateo 3:13-17
13 Entonces aparece Jesús, que viene de Galilea al Jordán donde Juan, para ser bautizado por él.
14 Pero Juan trataba de impedírselo diciendo: Soy yo el que necesita ser bautizado por ti, ¿y tú vienes a mí?
15 Jesús le respondió: Déjame ahora, pues conviene que así cumplamos toda justicia. Entonces le dejó.
16 Bautizado Jesús, salió luego del agua; y en esto se abrieron los cielos y vio al Espíritu de Dios que bajaba en forma de paloma y venía sobre él.
17 Y una voz que salía de los cielos decía: Este es mi Hijo amado, en quien me complazco.

Inspiración del Espíritu Santo - Desde el Sagrado Corazón de Jesús.
Yo descendí del Cielo con la misión especial de redimir a la raza humana. Esto envolvería primero la limpieza de las almas a través del arrepentimiento y después el compromiso de todos mis seguidores a través del Bautismo.

Yo di un ejemplo para que todos siguieran, en efecto, el Bautismo es el Sacramento de iniciación a la Vida Cristiana. Todos aquellos que creen en mis enseñanzas y son bautizados serán salvados. En el Bautismo Yo lleno el alma del fuego de mi Espíritu Santo, Yo hago el alma parte de mi cuerpo místico, Yo concedo la gracia santificante al espíritu del bautizado para que su conciencia lleve la luz que Yo vine a darle al mundo.

Para aquellos que se arrepienten y desean ser purificados en las aguas de la salvación, Yo concedo el fuego del Espíritu Santo, para que aumente su fe y les haga ver con los ojos del Espíritu, un regalo celestial que es escondido a todos los que prefieren el mundo. Yo bautizo con el fuego del Espíritu Santo.
Cuando un niño es bautizado, lleva las semillas de mi amor dentro de el, se vuelve mi hijo, mi amado y mi favor descansa sobre Él. Yo envío mi Espíritu Santo para conducirle a través de la vida y mi gracia santificante para guiarle; Él tiene encuentros muy íntimos conmigo en la práctica de su fe y en los Sacramentos de la Iglesia.
Cuando un adulto es bautizado, experimenta mi amor y mi misericordia, Yo le perdono todos sus pecados y es vestido en mi luz. Aunque él sea viejo, nace de nuevo a la vida.
Hay solamente un bautismo; esta es la fundación firme sobre la cual descansan todos los otros sacramentos para la santificación del alma.

viernes, 11 de enero de 2008

IMÁGENES DEL ESPIRITU SANTO

miércoles, 9 de enero de 2008

VEN ESPIRITU SANTO HABITA EN ESTE LUGAR

sábado, 8 de diciembre de 2007

ERES MARÍA LA ESCOGIDA



Eres María, la escogida
Esposa del Espirito Santo.
Virgen solícita de Caridad.
Lluvia del consolador,
Delicia, generosa, del Paráclito.
El Verbo, se hace carne en Tu Virtud,
Tú albergas como vaso cristalino,
La luz del Mundo peregrino,
A la sombra del Paráclito Divino.

Autora: Mercedes Ramos.